domingo, 1 de julio de 2012
Figuras pragmáticas.
A un lado te veía, con ojos deslumbrantes, grandes, llenos de expresión; con ese tinte caótico y el hilo de sonrisas siempre sobreponiéndose a los excedentes del destino, el miedo acogido en tu boca y la intranquilidad en tus manos. Al otro lado, mis inquietudes, pánico y frustraciones que me invaden día tras día y me dejan fuera del alcance de tus ojos.
A mi costado estaba él y una imagen desgastada de ti. A uno le regalaba cuentos, a otro novelas; aquellas que juegan con la inexpresiva forma del amor. Uno contra otro, las risas contra el llanto, su quietud contra mis excesos, mi café y cigarrillo contra su copa de vino tinto.
Esa mañana el café no era mi preferido, olía mal, sabía mal, no era como todos los días, algo había cambiado. Yo, como siempre no me debatí entre las cucharadas de café y las de azúcar; y en esta ocasión, una pizca de crema flotaba espesa en la superficie de la bebida caliente, que dejaría enfriar a un lado de mi fotografía favorita, y encima del libro de Panero que releías cada noche antes de dormir.
Subí al cuarto, donde noches atrás habíamos enfrentado una alucinación dentro del caos de sábanas que se asomaba al costado de la cama, donde cada noche comenzabamos besándonos tiernamente y terminábamos besándonos desesperadamente, y entonces comenzaba el juego; boca a boca, manos y cuerpo, gritos contra palabras sin sentido. En aquel cuarto donde compartimos charlas inquietas, libros leídos, releídos, olvidados. Donde encendía un cigarrillo y tú, estúpidamente lo apagabas (siempre te irritó verme fumar), y yo encendía otro y otro, contradiciéndote en cada fumada. Tú, practicando cada noche; Francés, Alemán, Italiano, sin entender por completo el Español. Siempre me pareciste muy pretencioso. Ahí dónde interrumpimos las risas por gritos, el amor por el hastío. Ahí donde tomé mis maletas y salí desesperadamente.
Te acompañé a casa, ese departamento a las afueras de la Ciudad que habías rentado meses antes. Siempre entendí las disimilitudes entre tú y él, lo que nunca me quedó claro es, quién de los dos era mi amante, el que estaría intranquilo de que algo malo pudiera pasarme; y quién era mi amante, al que despediría cada tarde, desprendiéndose de mi vida rutinaria.
Cuando volví a casa descubrí que todo seguía intacto, las sábanas alborotadas, el libro con una marca por la taza fría de café que sostenía, el olor a coco que desprendía mi cuerpo, mezclándose con el tuyo; un olor indescriptible pero deleitable. Fuí consciente entonces de que nunca he disfrutado las transformaciones, comprendí mi gusto por ambos, mi amor por la complejidad de su compañía, mi inconsistencia de querer entenderlos, de la pasión que ambos me regalaban.
A ti, nunca pude entenderte, sin embargo, eso me causaba conmoción, creía que tus palabras, tiernas y románticas, cargadas de desprecio hacia todo, incluso hacia mí, me excerbarían de energía, harías ausentarme de los demonios que recorrían mis pupilas cada mañana. Tú, que con los roces piel a piel, me despertabas diariamente, envolvíendome en contradicciones y sumergiéndome en una predilección a él. Tu amor hacia mi y mi amor por ti, trazaron el camino que de sórdida manera me doblarían las rodillas, somentiendome a un poder y deseo ajeno. Tú me llevaste a él, él me sedujo, yo, me dejé ir.
Él con su música, aturdiendome, hasta lograr enfadarme. Tú, con poesía barata y de mal gusto, ambos intentando enamorarme. A pesar de sus imperfecciones, amaba el cosquilléo que nacía en la planta de mis pies, hasta el más recóndito lugar del cuerpo, cuando me hablaban, me tocaban ó se me acercaban, incluso sus miradas seguían causándome inquietud. Los amaba, sin contratiempos, con mayor vehemencia que el suyo por mi.
El tiempo, como siempre, cruel, hizo conmigo lo que le vino en gana, disuadiéndome entre cigarrillos que fumaba, perfilando mis pensamientos divididos. El humo se consumía poco a poco, sin importarle el tiempo mismo, lo que también ocurría conmigo, me fumaba y me consumía detrás de las cortinas.
Me miraste, me besaste con calma y me abrazaste, exponiendo tu debilidad intacta hacia mí. Entre tu pálido rostro y mi mirada que mezclaba miedo y duda, amor y compasión, me quedé observando cada suspiro tuyo, te tomé de las manos y minutos después estaba saliendo por la puerta que tantas veces habría cerrado, evitando el frío invernal.
No me importó no tener como volver a este lugar. No quería volver. Él estaría aquí, asegurándose de que jamás te echase de menos, vivía tal y como sabía hacerlo. Las escenas de su triste y feliz vida, se resumían a ese momento, conmigo. Él tomándome de la mano, sonriéndome y yo, desdibujándo tu rostro de mi memoria.
No volví a saber de ti, actuamos como dos niños enfadados, detestamos los reflejos de nuestras fotografías, decidímos no creer en nada más que en nosotros mismos. Lo tomé a él, sin reparos. Él era yo; en una nueva y mejorada versión de mi, de ambos.
Nos convertimos en viejos, tu imagen seguía desgastada, y él, él seguía a mi lado.
Valeria Quiroz
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