Así que encendí el último cigarrillo a medio consumir que
aún conservaba en aquella caja rota que él, dejaría antes de partir.
Recuerdo que eran las 3:00 am, abrí la caja y tomé un tabaco que mi padre me regalaría meses atrás. El humo poco a poco invadía la recamara, la copa de vino que sostenía fuertemente comenzaba a evaporarse, mi ropa mostraba fuertes transparencias que dejaban entre abierto mi suave piel. La oscuridad entraba por la ventana y su imagen se distinguía claramente atravesando mi puerta.
Así de frágil lo encontraba, espiándolo en silencio por mi
habitación, sus piernas torcidas y sus temblorosas manos se convertían en
lujuria, mi media rozaba sus genitales poco a poco, su corazón parecía
estallar, y mi cabeza iba creando imágenes prohibidas.
Comencé por quitarle su billetera, quería asegurarme que
cumpliera con lo que habíamos acordado. Desprendí de su cuerpo que transpiraba de sobremanera una camiseta que
dejaba ver sus pezones erizados, mismos que poco a poco mordería hasta provocar
en él un grito que se escucharía en toda la cuadra. Pasaba mi lengua lentamente
hasta llegar a su cinturón, muy pasado de moda, debo decir. Tuvo una erección,
y yo no dudé en arrancarle de la manera más violenta el pantalón, hasta dejarlo
completamente desnudo.
Como el acto más insoportable, lo tiré sobre mis sábanas rojas a medio
tender, comenzaba a recorrer cada milímetro. Tras varios gemidos, por fin, me
miró. Mis duros pezones se colocaban encima de su espalda, y aceleraba los
movimientos corporales, introducía todo
mi deseo en su miembro erecto. Sus músculos se contraían, mis gritos se
aceleraban, todas mis fantasías se resumían a una, él.
Balbuceaba algo que yo no entendía, el orgasmo se
profundizaba a cada segundo. Después de varias horas de cabellos erizados, de
sangre fluyendo por ambos cuerpos sudados, seguíamos jugando a humedecer
nuestras bocas, excitándonos el uno al otro, tras un juego de velocidades y
bruscos movimientos, me alejé.
Levanté la mirada, lo vi sonrojado, tomé su cartera y,
reflejada en su pupila, le pedí que se fuera, el anhelo se quedaría envuelto en
el humo de tabaco en sus encías calcinadas, en el umbral de nuestra vidas,
juntos, amándonos siempre, fundiéndonos
en el deseo, produciendo en cada tacto un erótico sentido sexual. Nuestra
ambigüedad, nuestra vida. Yo una prostituta del este, él un abogado reconocido.
Ambos compartiendo el mismo techo, el mismo deseo. Yo tenia mi
habitación y mi hermano la suya.
-Valeria Quiroz-

