domingo, 16 de diciembre de 2012

Carta a un desconocido

Cada vez que te escribo e imagino que todas estas líneas las tendrás junto a ti, acompañándote cuando sientas ganas de recordarme, de sentirme cerca, de leerme,  no puedo evitar sentir una emoción que no podría explicarte.
Tenía tiempo que no lo hacia, que no nos habíamos dicho nada. Y te extraño, te extraño como no puedes imaginarlo. Contigo comparto más de lo que podría permitirme, contigo puedo sentir que vale la pena recordar un rostro y una charla trivial. Lo que siento cuando te escribo, cuando te veo o te escucho es algo que no tengo con ninguna otra persona. Basta cerrar los ojos para dibujarte en mi memoria, para pensar en ti.
No puedo evitar imaginar toda una vida esperándote a la hora de cenar, contándote mi día, describiéndote los lugares por donde camino y los innumerables rostros ajenos que me encuentro al pasar.  No puedo evitar imaginarte leyendo cada noche a mi lado, y yo interrumpiéndote a cada instante para compartirte en voz alta frases que me gustaron, para besarte después. Quiero quedarme así para siempre, huir de la monotonía junto a ti. Abrazarte antes, durante y después de dormir. Quisiera que fuéramos reales, pensé en escribirte algo que me hiciera completamente feliz. Ahora lo estarás leyendo y lanzarás  una pequeña risa al saber que tú eres ese motivo. Siempre has sido el motivo.
Quédate, quédate siempre, déjame esconderme en tu pecho. Todavía nos quedan muchos días y muchas luchas. Yo te escribiré mientras conserve líneas que lleven tu nombre, mientras te vas colando en cada uno de mis pensamientos. ¿Puedes imaginar cuántas veces me siento a escribirte?, yo, sin saber qué decir te escribo, te escribí antes de conocerte, pensando que todo es efímero y que lo único que nos salva son las palabras.
Escríbeme, mi niño. Escríbenos en poesía, en cuento, en música. Encuéntranos en tus líneas escritas y leídas. Enamórate del amor por la razón que sea, solo porque está.  Encuéntrate dispuesto a conquistar todas las noches, dedícate a soñar cómo sería cada una de tus vidas, vete a lugares distintos y escribe como solo tú sabes hacerlo.
Yo solía atarme sin cuerda pero después te encontré sin buscarte, me enseñaste a sobrevivir a la vida con música, con libros leídos y releídos, con una sonrisa por la mañana y una más antes de dormir. Me reconocí en tus palabras y silencios (que eran bastantes), me vi en cada una de tus miradas –cargadas de ojeras por trasnocharte leyendo poesía- . Me encontré desprotegida y tú quisiste ser héroe sin título, y lo fuiste, lo sigues siendo. Porque mientras yo platicaba de mis días turbios tú me regalabas una sola palabra que todo lo transformaba, nos hacíamos promesas. Desde entonces nos convertimos en “nosotros”. Ahora todo lo disfruto más:  pasear por la Ciudad, encontrar amantes en cada esquina, imaginarnos (dos cuerdos que se vuelven locos juntos). La sensación de mariposas en el estómago.
Porque quiero convertirme en tu inspiración, tu musa, tu maga, tus mil nombres y rostros. Tus “buenos días” cada amanecer y tu beso de buenas noches.
Amor, enamórate de nuevo, en cada encuentro. Pronto nos descubriremos. Tus ojos ya no serán tristes jamás. Nos hablaremos sin decir una sola palabra, me perderé en tus brazos. Te acariciaré el cabello y me quedaré a tu lado porque ahí es donde quiero estar. ¡Cuéntamelo todo!, y nunca olvides que aquí estaré esperando tus respuestas, para salir al mundo y conquistarlo.
Recordarás que aún tenemos momentos para sonreírnos. Nos quedan doscientos libros por leer, olores a té y café por la mañana y sábanas alborotadas al ocultarse el sol. Aún nos quedan muchas locuras juntos y caminatas por los parques. Aún nos queda toda una vida. Un infinito libro de poesía que escribiremos en nuestros cuerpos. Finalmente la vida es eso: esperar que algo pase. Hagamos que suceda, yo esperaré tus susurros.
Se feliz todos estos días. Sonríe, lo mejor está por llegar.

domingo, 25 de noviembre de 2012

Polvo de mariposas

Andan por el mundo, locos, tumbándose en el viento.
                                   Dejan estrellas a su paso y melancólicas tardes,
dejan sobre el pavimento huellas de sus movimientos sinuosos,
cantando canciones que no han compuesto e historias que no han contado.

Se miran, se besan, se tocan (alocadamente),
dejan atisbo de un "te amo" entre el aire que separa sus labios próximos a unirse.
                                           Se escribian con palabras que nadie pudo entender,
les lanzaban sonrisas de lejos, intentando compartir con ellos un momento.
                                                 Se abrazaban con picardía y obsesiones.

Ellos ya no hablaban por falta de palabras lúcidas,
ellos no reían ni lloraban,
                      cayendo en el mundo del que escapaban -entre vuelos-,
hablaban de "te amos"  sobrecargados de despedidas crudas y despiadadas.

Su mundo se desvanecía, se fundía -se fundían-,
                                  se privaban de la realidad, sus besos, sus abrazos.
Todo era un momento a solas y una palabra jamás pronunciada.
 Era amor entre signos de interrogación y colores destilados.

Ellos vuelan en la mente porque ya no se observan en el aire,
          llegaron tan alto que les costaba trabajo respirar.
                                 Abrían sus bocas de lodo, ya no se reían,
Se convertían en poesía en manos de un escritor.

Sus títulos describían sueños fugaces,
                                              poco nítidos, irreales.
Sus versos comenzaban con un "te amo",
       y terminaban con un insensato "te quiero".

Sus vuelos ya no eran suyos,
       se regalaban pasos fríos,
un espacio vacío entre las calles alborotadas,
                 su cama estaba tendida y siguen dejando calor a su estela.







viernes, 26 de octubre de 2012

Mientras todos dormian


Entre mis rubios cabellos imaginaba las más de mil formas que había matado al amor, tantas veces, tanto tiempo. Lo bonito que es el principio de todo, comenzar a construir cada minuto, lleno de intensidad, a sabiendas  que cualquiera de los dos podría escapar al día siguiente.

Me llenaste los oídos de susurros, me diste sonrisas a cambio de conversación. Remplacé mis amores a cada cambio de labial. Empecé de cero en más de una ocasión. Tantos hombres que taché de mi lista, borré hasta recomenzar y contar de nuevo, reconstruí lo que había perdido, traté de inventarme nuevos finales. Lo logré.

De algo estaba segura, entre historias nunca he estado sola y necesitaba encontrar situaciones que valiera la pena escribir. Lo hice. Escribí compulsivamente, describiendo hasta el más mínimo detalle que se me presentara, cada palabra cruda haría de los días un hervidero de sangre incontrolable. No puedo culpar a nadie de tan cínico acto, la primera equivocada era yo. Yo que siempre he sido impulsiva y estúpida para eludir un mundo paralelo que estaba muy lejos de querer olvidar. Ellos nunca fueron los culpables, aquellos que me llamaron fría sin entender que en extremo se transformaba en fuego que quema, que arde, que consume todo a su paso.

Cerré los ojos tranquilamente a fin de no pensar más, para no mirar lo que ante mi se disolvía con el paso de la lluvia, observando los amores tardíos y esperando(te) sin mirar ningún reloj. Ya no importaba, era tarde. Sin esperanza pero tampoco miedo. Terminando con un sobresfuerzo físico el dibujo al que le resté el rostro.

Lo encontré, sin notarlo ni escribirlo. Un personaje necio, estúpido e irritable, pero librando las mismas guerras que yo. El de ojos cansados y tiernos, sonrisa discreta y labios dulces, seductor noche y lector de madrugada. Él que se convierte en músico sin ningún instrumento que lo acompañe, apasionado por la vida e intrigado por la muerte. Detective de arte y de cuerpos, máquina de risas los 365 días del año. Él, que día a día me rodea con sus brazos y se vuelve freno contra mis peores locuras. Él, único campeón en seducciones y susurros. Él, antagonista y protagonista, tiempo, espacio. Muerte, delirio y miedo. Cazador de melodías. Órgano reproductor y espejo roto. Él, me escribió lo impronunciable y me sedujo hasta provocar en mi un llanto incontrolable.

El me amaba mientras yo, terminaba la historia.

sábado, 8 de septiembre de 2012

El diario


Día 0.
Te quiero porque sueles decir "no sé"
Te quiero porque cada día encuentro una razón más para quererte
Te quiero porque me haces reír y llorar sin parar
Te quiero porque sólo me regalas tu persona y no podría pedir otra cosa
Te quiero porque te enredas en mi cabello favorito y me envicias de tu respiración
Te quiero porque te vas colándo en cada una de mis frases
Pero sobre todo te quiero porque por fin puedo pensar en mi a través de otra persona

Día siguiente.
Te mezclaste en mi paleta de colores y creaste un nuevo color con tu manera de dibujarme los labios, redefiniendo conceptos que daba por perdidos, borrando huellas de mis pasos anteriores, imprimiendo tus manos en mi cuerpo. Me diste calor en todos los meses fríos, me diste amor con tu peculiar forma de parar el mundo, otorgándole un sentido a cada una de mis sonrisas.

Y el siguiente.
Nunca comprendí su ira, ni su paz, ni sus guerras. Las batallas que en su diario escribía. No era capáz de comprender, bajo ninguna hipótesis por qué quería quebrantar desde lo más profundo la tinta de todos los libros que habíamos leído juntos. No comprendía su castigo, sin embargo lo quería. Tal vez ese fue su castigo. Dejar de leerme, de escribirme, de traducir mi infame diálogo trivial.

Y así pasó el día siguiente, y el siguiente y el siguiente.

martes, 28 de agosto de 2012

Autoarrasible

Me miró sonrijadizo. No hablaba, no sonreía, sólo pasaba triste fiorrenía sobre mi desgastada autrovencia -misma que él quebrantó- y mi sorvadura a la espera del falirrealismo de su partida.

-¡Vete!- gritó el hombre desimperrado

De pronto, el sonido de su catarcimibiótica voz retumbó en mis oculuosos oidos, llevándome al fin de este momisiéntico, fastrumbótico y musifáltico amor.

Los dias que siguieron fueron jodiosamente como muchos otros, pasaban y regresaban volunciocudamente, como si su lejastonía no tuviera trizonmascabete en mi habitación. Se separó, me separé. Recogimos nuestros últimos trozimesteros de sentimientos entorcitdos. Él neblobinándose entre la gente y yo revolomiembrando cada parte de mi nueva y alegurante vida sin su pretencimiosa figura.

domingo, 1 de julio de 2012

Figuras pragmáticas.








A un lado te veía, con ojos deslumbrantes, grandes, llenos de expresión; con ese tinte caótico y el hilo de sonrisas siempre sobreponiéndose a los excedentes del destino, el miedo acogido en tu boca y la intranquilidad en tus manos. Al otro lado, mis inquietudes, pánico y frustraciones que me invaden día tras día y me dejan fuera del alcance de tus ojos.

A mi costado estaba él y una imagen desgastada de ti. A uno le regalaba cuentos, a otro novelas; aquellas que juegan con la inexpresiva forma del amor. Uno contra otro, las risas contra el llanto, su quietud contra mis excesos, mi café y cigarrillo contra su copa de vino tinto.

Esa mañana el café no era mi preferido, olía mal, sabía mal, no era como todos los días, algo había cambiado. Yo, como siempre no me debatí entre las cucharadas de café y las de azúcar; y en esta ocasión, una pizca de crema flotaba espesa en la superficie de la bebida caliente, que dejaría enfriar a un lado de mi fotografía favorita, y encima del libro de Panero que releías cada noche antes de dormir.

Subí al cuarto, donde noches atrás habíamos enfrentado una alucinación dentro del caos de sábanas que se asomaba al costado de la cama, donde cada noche comenzabamos besándonos tiernamente y terminábamos besándonos desesperadamente, y entonces comenzaba el juego; boca a boca, manos y cuerpo, gritos contra palabras sin sentido. En aquel cuarto donde compartimos charlas inquietas, libros leídos, releídos, olvidados. Donde encendía un cigarrillo y tú, estúpidamente lo apagabas (siempre te irritó verme fumar), y yo encendía otro y otro, contradiciéndote en cada fumada. Tú, practicando cada noche; Francés, Alemán, Italiano, sin entender por completo el Español. Siempre me pareciste muy pretencioso. Ahí dónde interrumpimos las risas por gritos, el amor por el hastío. Ahí donde tomé mis maletas y salí desesperadamente.

Te acompañé a casa, ese departamento a las afueras de la Ciudad que habías rentado meses antes. Siempre entendí las disimilitudes entre tú y él, lo que nunca me quedó claro es, quién de los dos era mi amante, el que estaría intranquilo de que algo malo pudiera pasarme; y quién era mi amante, al que despediría cada tarde, desprendiéndose de mi vida rutinaria.


Cuando volví a casa descubrí que todo seguía intacto, las sábanas alborotadas, el libro con una marca por la taza fría de café que sostenía, el olor a coco que desprendía mi cuerpo, mezclándose con el tuyo; un olor indescriptible pero deleitable. Fuí consciente entonces de que nunca he disfrutado las transformaciones, comprendí mi gusto por ambos, mi amor por la complejidad de su compañía, mi inconsistencia de querer entenderlos, de la pasión que ambos me regalaban.

A ti, nunca pude entenderte, sin embargo, eso me causaba conmoción, creía que tus palabras, tiernas y románticas, cargadas de desprecio hacia todo, incluso hacia mí, me excerbarían de energía, harías ausentarme de los demonios que recorrían mis pupilas cada mañana. Tú, que con los roces piel a piel, me despertabas diariamente, envolvíendome en contradicciones y sumergiéndome en una predilección a él. Tu amor hacia mi y mi amor por ti, trazaron el camino que de sórdida manera me doblarían las rodillas, somentiendome a un poder y deseo ajeno. Tú me llevaste a él, él me sedujo, yo, me dejé ir.

Él con su música, aturdiendome, hasta lograr enfadarme. Tú, con poesía barata y de mal gusto, ambos intentando enamorarme. A pesar de  sus imperfecciones, amaba el cosquilléo que nacía en la planta de mis pies, hasta el más recóndito lugar del cuerpo, cuando me hablaban, me tocaban ó se me acercaban, incluso sus miradas seguían causándome inquietud. Los amaba, sin contratiempos, con mayor vehemencia que el suyo por mi.

El tiempo, como siempre, cruel, hizo conmigo lo que le vino en gana, disuadiéndome entre cigarrillos que fumaba, perfilando mis pensamientos divididos. El humo se consumía poco a poco, sin importarle el tiempo mismo, lo que también ocurría conmigo, me fumaba y me consumía detrás de las cortinas.

Me miraste, me besaste con calma y me abrazaste, exponiendo tu debilidad intacta hacia mí. Entre tu pálido rostro y mi mirada que mezclaba miedo y duda, amor y compasión, me quedé observando cada suspiro tuyo, te tomé de las manos y minutos después estaba saliendo por la puerta que tantas veces habría cerrado, evitando el frío invernal.

No me importó no tener como volver a este lugar. No quería volver. Él estaría aquí, asegurándose de que jamás te echase de menos, vivía tal y como sabía hacerlo. Las escenas de su triste y feliz vida, se resumían a ese momento, conmigo. Él tomándome de la mano, sonriéndome y yo, desdibujándo tu rostro de mi memoria.

No volví a saber de ti, actuamos como dos niños enfadados, detestamos los reflejos de nuestras fotografías, decidímos no creer en nada más que en nosotros mismos. Lo tomé a él, sin reparos. Él era yo; en una nueva  y mejorada versión de mi, de ambos.

Nos convertimos en viejos, tu imagen seguía desgastada, y él, él seguía a mi lado.


Valeria Quiroz


miércoles, 20 de junio de 2012

Página en blanco.



La noche, tu música en mis oídos, jugar con el resplandor. 
Tus manos, tus hombros, tu cuello: tus interminables nombres. 
Mi cama, el maldito cigarrillo.
Tu preciosa mirada, el cuerpo. 
Tu calor, mis manos, la voz que sabe querer, la que dice "te amo"
Nosotros, no dejarte ir, abrazarte, besarte por millonésima vez y sentirlo como el primero.
 Tenerte, verte, acariciarte y luego dejarte ir de nuevo. 
Echarte de menos, olvidarte por horas, semanas, meses y años. 
Momentos contigo, conmigo. 
Conmigo.

miércoles, 2 de mayo de 2012

"De ellos..."


Así que encendí el último cigarrillo a medio consumir que aún conservaba en aquella caja rota que él, dejaría antes de partir.

Recuerdo que eran las 3:00 am, abrí la caja y tomé un tabaco que mi padre me regalaría meses atrás. El humo poco a poco invadía la recamara, la copa de vino que sostenía fuertemente comenzaba a evaporarse, mi ropa mostraba fuertes transparencias que dejaban entre abierto mi suave piel. La oscuridad entraba por la ventana y su imagen se distinguía claramente atravesando mi puerta.

Así de frágil lo encontraba, espiándolo en silencio por mi habitación, sus piernas torcidas y sus temblorosas manos se convertían en lujuria, mi media rozaba sus genitales poco a poco, su corazón parecía estallar, y mi cabeza iba creando imágenes prohibidas.

Comencé por quitarle su billetera, quería asegurarme que cumpliera con lo que habíamos acordado. Desprendí de su cuerpo que  transpiraba de sobremanera una camiseta que dejaba ver sus pezones erizados, mismos que poco a poco mordería hasta provocar en él un grito que se escucharía en toda la cuadra. Pasaba mi lengua lentamente hasta llegar a su cinturón, muy pasado de moda, debo decir. Tuvo una erección, y yo no dudé en arrancarle de la manera más violenta el pantalón, hasta dejarlo completamente desnudo.

Como el acto más insoportable,  lo tiré sobre mis sábanas rojas a medio tender, comenzaba a recorrer cada milímetro. Tras varios gemidos, por fin, me miró. Mis duros pezones se colocaban encima de su espalda, y aceleraba los movimientos corporales,  introducía todo mi deseo en su miembro erecto. Sus músculos se contraían, mis gritos se aceleraban, todas mis fantasías se resumían a una, él.

Balbuceaba algo que yo no entendía, el orgasmo se profundizaba a cada segundo. Después de varias horas de cabellos erizados, de sangre fluyendo por ambos cuerpos sudados, seguíamos jugando a humedecer nuestras bocas, excitándonos el uno al otro, tras un juego de velocidades y bruscos movimientos, me alejé.

Levanté la mirada, lo vi sonrojado, tomé su cartera y, reflejada en su pupila, le pedí que se fuera, el anhelo se quedaría envuelto en el humo de tabaco en sus encías calcinadas, en el umbral de nuestra vidas, juntos, amándonos siempre,  fundiéndonos en el deseo, produciendo en cada tacto un erótico sentido sexual. Nuestra ambigüedad, nuestra vida. Yo una prostituta del este, él un abogado reconocido. Ambos compartiendo el mismo techo, el mismo deseo. Yo tenia mi habitación y mi hermano la suya. 

-Valeria Quiroz- 

martes, 1 de mayo de 2012

Anáfora del virtuosismo.





Ni el alma naciente y moribunda 
Ni tu olor maduro y frágil
Ni las miradas efímeras que a menudo mienten
Ni las confabulaciones del destino
Ni el amor inconsciente, irreal y estúpido
Ni las lágrimas críticas e hirientes
Ni los prolongados suspiros 
Ni el vómito de palabras quemándote
Ni los viejos sitios donde amé la vida
Ni los adultos con su intolerancia a soñar 
Ni las ideologías colectas con pretexto al progreso 
Ni mi temor con hedor a deseo
Ni las consideraciones con el ayer 
Ni tu elevado gusto a los cuestionamientos 
Ni tu narcísimo infinito 
Ni él que está allá y en ningún lugar
Ni los restos de felicidad agobiándome 
Ni yo, contigo, sin nada
Ni el mundo, el tiempo, mi cuerpo y el amor. 
Sin ti. 

 -Valeria Quiroz- 


jueves, 16 de febrero de 2012