Estamos en espera de aquellos juramentos que nos hicimos de compartir amaneceres prometedores, sueños inquebrantables y realidades manipuladas. Somos parte de otros 365 días –o tal vez menos- en los que las palabras se diluyen con un poco de viento, y las promesas cada vez se van restando. Somos aquellos hombres y mujeres que anhelamos soportar las peores crueldades, y recuperar el aliento con una sonrisa (des) dibujada . Somos aquellas fotografías desgastadas con los años, y el reflejo en el espejo que se distorsiona con los días. Somos los cobardes que agacharon la cabeza por no encontrar motivos para continuar.
Aquellos que no amaron, que no besaron, abrazaron o tocaron por miedo a enloquecer, a pesar de conocer –y no disfrutar- la mejor locura de todas: la vida. Nos volvimos predecibles, intolerantes, necios, altivos y cobardes. Permitimos que cualquiera nos dijera cuáles son nuestros límites y nos obligaron a creer en un mundo que renuncia, que cambia las reglas antes de empezar el juego, que se pica los ojos para llorar y se golpea para tener moretones en todo el cuerpo.
Hoy se nos permite equivocarnos de nuevo, reparar lo que rompimos y adquirir nuevas metas (que probablemente no se cumplirán). Hoy volveremos a prometer con la palabra que se esconderá detrás de los suspiros prolongados, y las miradas seguirán siendo con los ojos cerrados. Intentaremos ser el ingenioso que escucha al idiota, el prudente que habla con los locos, el optimista que escucha al deprimido, el soñador que le suplica un momento a la melancolía, el luchador que levanta la vista y se ríe del solitario. Seremos aquellos que solo hablan para decir: te comprendo, te amo, te escucho, te ayudo… pero siempre acompañado de un “pero”. Hoy se nos ha permitido hacer promesas que nunca se cumplirán, planear una vida que nos cachetea cuando levantamos la cara, decir verdades a medias y dejarnos arrastrar con el viento.
Tenemos un día más para buscar el amor, como si fuera un objeto desechable. Un día más para presumirnos valientes con un nudo en la garganta, de consumirnos y congelarnos con la misma prisa con la que olvidamos. Tenemos otras miles de horas para malgastar en cuestionamientos absurdos. Y mientras buscamos las fuerzas para volver a los lugares donde nos sentimos seguros, dejando las huellas de los últimos recuerdos.
Y si algo hemos aprendido en tantos años es que nunca tendremos suficientes palabras, suficiente tiempo y ganas para cambiar nuestros días. Y tal vez nos olvidaremos de más caras, nombres, letras, susurros, direcciones, sabores,olores, llamadas, amores y amigos… nos olvidaremos de las mejores sensaciones y las sustituiremos por provocaciones vacías, dejaremos de recordar y fallaremos más de lo que intentaremos. Perderemos la cabeza por cosas que no conseguiremos,
Así que podemos continuar con la rutina, con los juegos y seguir perdiéndonos en este mundo de aventuras. Mientras conservamos un hilo de buenos recuerdos y momentos, de exageraciones y risas escandalosas. Nos daremos la oportunidad de enamorarnos, de equivocarnos y seguir disfrutando como si fuera el ultimo día. Tenemos el permiso –no solo hoy- de que todo a nuestro alrededor no sea más que una enseñanza de la vida, esa vida que nos estamos perdiendo.
-Valeria Quiroz-




